Poner freno a la violencia policial

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Atajar en seco la violencia policial y el ensañamiento judicial.

Para ello basta con retirar aquellas irregularidades en la legislación como la presunción de veracidad. Un agente de policía es un ciudadano más, y no debe tener su palabra mayor consideración que la de cualquier otro ciudadano, máxime cuando sus miembros suelen nutrirse de las capaz más bajas de la sociedad, individuos con una base cultural y capacidades intelectuales inferiores a la media de la población, que de forma no poco frecuente acceden a este oficio como forma de satisfacer un ideario fascista de control y dominio social. 

Por lo tanto, un funcionario de policía deberá aportar pruebas de sus acusaciones como cualquier otro ciudadano, para lo cual el Estado le proveerá de los medios que sean necesarios (sin ir más lejos, grabación de sonido e imágenes). Hay que erradicar todas esas denuncias falsas de individuos sin honor uniformados, la cantinela consabida de acusar de agresión a un tirillas contra cinco gorilas armados hasta los dientes. 

La presunción de veracidad quiebra de raíz uno de los principios básicos del sistema de derecho, la presunción de inocencia, y deja al ciudadano desprotegido frente a la violencia policial (y con la nueva legislación, se impide al ciudadano grabar la actuación policial y, por lo tanto, recabar pruebas para justificar su inocencia). 

Del mismo modo, desminar la legislación de bombas dejadas por el régimen fascista, como el concepto de "orden público" (¿qué orden? ¿el suyo o el mío? ¿quién determina lo que es orden?) o el delito de desacato, pues en una sociedad libre a un ciudadano no se le pueden dar órdenes más allá de compeler al respeto de la legalidad. E.g. un policía no podrá ordenar a un ciudadano abandonar un espacio público (por ejemplo, para servir de testigo a otro compañero que está siendo agredido), a cuya ocupación tiene evidente derecho, y multar o agredir al ciudadano que no se someta a su voluntad. Una sociedad no es el ejército, y desde luego un analfabeto armado no es ningún superior para dar órdenes a nadie.

Finalmente, dar la vuelta a la situación en la cual una agresión a la policía (real o inventada) es castigada severísimamente, mientras que las agresiones policiales, golpes, vejaciones, insultos y malos modos de estos profesionales de la violencia quedan sistemáticamente impunes.

Toda violencia debe ser sancionable, desde luego la que se ejerce contra la policía, pero mucho más grave la que la policía ejerce contra los ciudadanos, a no ser que se demuestre que era el único recurso para evitar una situación de violencia aún más grave (y para defender este punto es que se les dotará de medios de grabación). Los ciudadanos en una sociedad libre no pueden ser tratados como ganado al cual los gañanes apalean. Un policía que levante la porra contra un ciudadano, sin mediar agresión previa, debería perder ipso-facto su puesto y pasar una larga temporada en la cárcel. La ciudadanía pone el plato de comida en su mesa a cambio de recibir su protección. Si violentan su cometido y se convierten ellos mismos en agresores su pena deberá ser mucho mayor, como también se consideraría agravante de condena que un anciano o un niño fuera agredido por la persona encargada de atenderle.

No puede merecer el mismo reproche legal un ciudadano que, desarmado, increpe a un antidisturbios (reprobable), que ese mismo matón a sueldo del Estado responda a la agresión verbal con una agresión física. No puede ser considerado de igual forma el enfrentamiento físico entre una chica de 50kg y un mastuerzo del doble de peso, armado y cubierto de protecciones, que la golpea. Es cobarde por parte del policía, e injusto por parte del sistema legal que, en vez de proteger a la víctima de la agresión de un funcionario público, abunda en ella con la apisonadora judicial.

En definitiva, se debe exigir a las fuerzas policiales proporcionalidad en su respuesta, e inteligencia para evitar situaciones de violencia. En lugar de ello, tenemos unas unidades antidisturbios (UIP, mossos...) que son los primeros en desencadenar los incidentes y, a partir de ese momento, actuar con el sadismo propio de un neonazi limpiando de indeseables su ciudad. Pero con el sueldo y el armamento pagado por aquellos que insulta y golpea, contruyendo un terrorismo de Estado de baja intensidad, con el evidente objeto de amedrentar a la ciudadanía y sofocar cualquier movimiento incómodo para el régimen y la Casta.

Nota: lo del terrorismo no es una expresión gratuita ni grandilocuente, es exactamente eso, el recurso a la violencia para coaccionar mediante el miedo a una sociedad o una parte de ella con fines políticos. Por lo tanto, la violencia policial es terrorismo de Estado de baja intensidad.