COMBATIR LOS TRANSGÉNICOS

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El reto fundamental de la agricultura europea está relacionado con las nuevas tecnologías relacionadas con la manipulación genética de la vida, que está permitida por algunos Estados de la UE. Desde nuestro punto de vista, a pesar de sus numerosas deficiencias, la PAC (Política Agraria Comunitaria) tiene aspectos positivos, ya que supone un principio de planificación de la producción agrícola, si bien de forma muy criticable. Especialmente la PAC es importante por su confrontación con las transnacionales y la batalla se ha establecido especialmente alrededor de la regulación de la biotecnología y el control de los OMG (Organismos Modificados Genéticamente) -10 países de la UE prohíben el cultivo de alimentos transgénicos. El 30% de las ayudas de la PAC en cada país quedan vinculadas a criterios ecológicos y se dedican importantes cantidades a la investigación asociada a la mejora de la producción agrícola. 

Del mismo modo que en el siglo XX se produjo la revolución informática, ya ha comenzado en la última década del siglo pasado una nueva revolución tecnológica fundada en la manipulación genética, la cual se desarrollará plenamente en este siglo XXI.  Una vez agotado el ciclo económico de la revolución informática, el modo de producción capitalista busca asentarse sobre una nueva fuente de ganancias con la implementación de una agricultura a gran escala, proporcionada por las técnicas de ingeniería genética. En América Latina ya existen grandes extensiones de territorio dedicadas al cultivo de los OMG, y cada día se deforestan millones de hectáreas de selva tropical para dedicarlos a ese tipo de agricultura. Eso está teniendo consecuencias directas para la agricultura europea y es de prever que éstas vayan a aumentar.

Debemos oponernos radicalmente a ese proceso, por varios motivos. En primer lugar, en defensa de la salud pública, ya que se trata de una desarrollo tecnológica en beneficio de las empresas capitalistas transnacionales, sin tener en cuenta los intereses de lxs trabajadorxs y lxs ciudadanxs. Por eso mismo, la manipulación de las fuentes de la vida introduce riesgos incalculables para la población humana y para los ecosistemas vivos. Hay pruebas científicas de que el consumo de soja transgénica, por ejemplo, está relacionado con malformaciones congénitas y alta mortalidad infantil. Además en numerosas ocasiones los cultivos transgénicos están asociados al uso de productos químicos muy venenosos como el glifosato, que está asociado a malformaciones genéticas y cáncer; el uso de esos pesticidas perjudica gravemente la salud ambiental afectando al crecimiento de las plantas y los animales, y los propios seres humanos.  Esos productos químicos destruyen los ecosistemas vivos, incrementando todavía más los procesos de destrucción ambiental generados por la industrialización.

En segundo lugar, porque la supeditación completa de la producción agrícola a intereses extraños a la población europea, supondrá la liquidación de la cultura y las formas de vida campesina, la pérdida de la identidad a cambio de una alimentación peligrosa para la salud, sin conseguir el acceso a una cultura mejor.  Es evidente que esa situación de dependencia promoverá las estructuras clientelares y autoritarias, subordinándonos al capital transnacional e impidiendo un auténtico desarrollo democrático, que solo se consigue cuando un pueblo tiene capacidad y derecho de decidir su destino.

A nivel mundial hay dos grandes fuerzas que se oponen al desarrollo de los transgénicos: primero, el aumento de la conciencia ecologista de la población, que presiona para mantener un medio ambiente sano, respetando la biodiversidad planetaria y protegiendo los ecosistemas vivos. En segundo lugar, las organizaciones campesinas que están asociadas en la Vía Campesina en los cinco continentes para defender la soberanía alimentaria y las culturas autóctonas asociadas a la agricultura tradicional.  En Europa esas fuerzas están representadas por los partidos verdes, que están creciendo en influencia social sobre todo en Alemania, y los sindicatos agrarios vinculados a la Vía Campesina, que son vigorosos especialmente en Francia. A ellos debemos la restrictiva legislación europea en materia de OMG.